
Perú estrena presidente y, como siempre, el escenario es el mismo: un país quebrado, un Congreso que hace negocio con sus votos y una ciudadanía que parece habituada al circo. No importa si es izquierda, derecha o centro; todos terminan jugando la misma partida: acuerdos bajo la mesa, favores cruzados y corrupción que se viste de normalidad. Y sí, el nuevo presidente no superará el 19% ni en primera ni en segunda vuelta. ¿Expectativas? Olvídenlas.

Mientras los políticos se dan golpes de pecho en el Congreso, los datos reales no se discuten: el turismo lucha por sobrevivir con meses de baja ocupación, los microempresarios agonizan entre permisos, impuestos y burocracia, y los empresarios grandes, esos que se quejan de los políticos, muchas veces son el reflejo exacto de ellos: evadiendo impuestos, favoreciendo amigos y comprando influencia donde pueden.

Y qué decir de los funcionarios públicos que aprovechan cualquier ocasión para “pedir un sencillo” a sus allegados, mientras luego aparecen en televisión indignados por la corrupción del Congreso. Hipocresía en su máxima expresión. Te dicen que se asquean de Keiko, de la derecha, de los “terrucos” o de la izquierda, pero a la hora de la verdad, todos respiran el mismo aire de impunidad.
Sin embargo, Perú avanza. Gracias al Banco Central de Reserva (BCRP), que demuestra que la meritocracia y la calidad sí existen, se mantiene la economía estable; gracias a las minas y al precio internacional de los metales, vivimos la bonanza económica que pocos reconocen y que debería redistribuirse de mejor forma. No es magia política: es trabajo, gestión profesional y el esfuerzo de quienes hacen que las cosas funcionen.

No solo eso: Perú avanza también por su gente y su economía real. Por los microempresarios que levantan huariques en esquinas polvorientas, los que venden ceviche, anticuchos o tamales a diario y mueven la economía sin ayuda de nadie. Por los restaurantes de alta cocina que llevan la gastronomía peruana a escenarios internacionales, conquistando estrellas y premios, exportando imagen y cultura. Entre un huarique y un restaurante con tres estrellas, el Perú se sostiene, se reinventa y demuestra que la verdadera riqueza está en la creatividad y el esfuerzo de su gente.
Mientras el Congreso negocia como si fuera un mercado, los ciudadanos trabajan, cocinan, innovan y mantienen viva la economía. Esa es la estabilidad que realmente importa: la que no depende de promesas ni de políticos, sino de manos sucias de harina, ají y esfuerzo diario. Perú puede tener un presidente con 19% de apoyo, un Congreso corrupto y políticos que se escandalizan de lo que ellos mismos hacen, pero nunca tendrá hambre de progreso, porque la gastronomía, la minería y la gente son más poderosas que cualquier farsa política.

En este escenario, el nuevo presidente deberá lidiar con una realidad que no se ve en los titulares: un país donde la corrupción es tan obvia que ya ni escandaliza, donde los ciudadanos normales cargan con la desigualdad, y donde políticos y empresarios continúan la farsa, todos juntos, todos igual de sucios. Bienvenidos a Perú, donde el show político nunca termina, pero la vida sigue para quienes realmente hacen que el país funcione.
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